Soy
mexicano, capitalino, chilango nos dicen los de afuera aunque para ellos siga
siendo despectivo y nosotros lo hayamos adoptado como gentilicio de nuestra
ciudad. En el año en que nací si alguien hubiese dicho que el hospital en que
me dio a luz mi madre, veintiún meses después, quedaría hecho escombros nadie
lo hubiese creído y a pesar de ello hoy día sobre lo que en septiembre de 1985
fueron ruinas hoy se levanta el Centro Médico Nacional Siglo XXI. Las
catástrofes naturales no son lo común en mi ciudad, la Ciudad de México, sin
embargo a partir de ese acontecimiento hoy hacemos simulacros en caso de que a
una mariposa mal ubicada al otro lado del planeta se le ocurra aletear más
fuerte de lo aceptado y terminemos viviendo debajo de la tierra una vez más.
En
aquél entonces mis padres,
aún no pensaban en la separación y mucho menos en el divorcio que años después
tendrían que enfrentar y que marcaría la vida de mi hermano y la mía, no sé si
para bien o para mal pues no conozco otra aunque he de aceptar que en mi caso
ha resultado una vida llena de alegrías condimentadas con sus ratos de
amargura, necesarios para no olvidar los primeros. De mi infancia no hay mucho
que comentar, fui un niño feliz aunque he de confesar que tuve que madurar a
pasos acelerados después de la separación ya mencionada de mis padres. Ocurrió
a mis siete años de edad, al menos hasta esa edad lo recuerdo, y en ese momento
me convertí en apoyo y confidente de mi madre y ejemplo de mi hermano menor.
¡Ah mi hermano! Tan solo tres años menor que yo, Dany, aunque si alguien lo encuentra
llámenle Mario pues el mote de niño pequeño no es su preferido, es la persona a
quien más quiero en la vida; dicen mis padres que no hay lazo más especial y
fuerte que el que tienen los hermanos, supongo que la cantidad de experiencias,
complicidades, pleitos, reconciliaciones y similitudes que hay en una
fraternidad son las que la hacen especial sobre cualquier otra.
De
lo demás de mi infancia no recuerdo mucho aunque he sabido conservar amigos,
hermanos, desde mi paso por la escuela primaria que se encargan de recordarme
como fueron esos años, los juegos, las pláticas, los momentos que nos hicieron
crecer juntos y que nos llevaron a mantenernos unidos durante tanto tiempo.
Veinte años después seguimos riendo y llorando juntos, si eso no es amistad
entonces no sé qué lo sea.
Fue
hasta mis dieciocho años que recuerdo haber despertado del sueño que es la
adolescencia. A esa edad me di cuenta de lo que quería hacer de mi vida y
decidí entrar a la escuela de Medicina. Recuerdo el
primer día de clases vestido de blanco con esa bata que, para mi, significaba
pureza de espíritu y compromiso con la empresa que estaba iniciando, el único
color que vestía era el naranja de mi corbata. Ese día a las 6 de la mañana
salí de casa con la bendición de mi madre hacia una aventura que hoy en día
continúa emocionándome, sin saber todo lo que dejaría atrás inicié mi formación
como Médico. No puedo decir que han sido sacrificios, eso conlleva la idea de
que ha sido algo que no he disfrutado, más que eso ha sido un camino iluminado
por la luz de conseguir el bienestar de quien es mi paciente en ese momento,
difícil en ocasiones, ridículo sería decir que no, pero me las he ingeniado
para que la mayor parte sea vivir en el disfrute de mi profesión. Casi diez
años después no me arrepiento de mi decisión ni de los caminos que he tomado y
confieso que lo volvería a hacer de la misma manera pues si he llegado hasta
éste punto de mi vida es por como me he conducido y por la forma en la que he
esculpido mi persona usando los más diversos materiales que he encontrado a mi
paso, desde el mármol con todos sus lujos hasta el barro que encuentro en la
más común de la charcas, así soy yo y así me veo: ecléctico y deliberadamente
único en mi ser.
Mi
gusto por la palabra escrita no es algo nuevo, al igual que yo ha sido moldeado
con finas manos de artesano, el primero fue mi padre con quien por mucho tiempo
el tema de conversación era la obra literaria que tuviésemos en las manos en
ese momento, después mi círculo de amistades, que más inclinados por las artes
decidieron dejar la medicina y avocarse a la creación y el estudio de las
mismas. Al momento no considero que he leído mucho, y por supuesto ha sido
menos de lo que me gustaría llamar suficiente.
En
el amor he conocido la dicha de ser correspondido, aunque mis momentos de mayor
lucidez han sido marcados por el sinsabor de la desdicha, ese veneno que corroe
por dentro y que nos hace sentir morir por no ser amado en la misma medida. Hoy
soy desafortunado porque siendo feliz y estando amado en misma medida no puedo
escribir de los infortunios que competen a la vida del desamor. Hoy soy
afortunado porque me ha encontrado quien llena esa misma medida.
Sigo
en éste camino que me he trazado para descubrir quién soy y con la misma emoción
de años atrás inicio un trecho por el que estoy a punto de caminar. Estoy aquí
viviendo el ahora con la vista frente a un objetivo que está a punto de
escribirse tal cual escribo éstas palabras. No puedo terminar una autobiografía
de algo que continúa, de alguien que sigue viviendo, respirando y cambiando a
cada segundo, aunque si me preguntan diría que estoy aquí porque la letra
escrita me ha llevado a conocer lugares inimaginables y con sus formas y
estilos he aprendido a pensar de muy variadas maneras. Si alguien se interesara
en mi historia lo invitaría a seguirla conmigo, no solo a ser lector o
espectador sino a modificarla para volverse parte de mi mismo, a escribir un
capítulo de mi propia existencia. Lo
invitaría a enterarse de que escribo cuando estoy triste y leo cuando estoy
feliz, que cuando escucho música bailo como si nadie me observara y que dentro
de mi cabeza vivo en un monólogo constante que dicta mis acciones y valora las
opciones. Eso haría si tuviese que describir mi propia vida pero hoy me dedico
a lo que mejor se hacer: ¡Vivir!
