miércoles, 15 de agosto de 2012

Autobiografía (según yo)




Soy mexicano, capitalino, chilango nos dicen los de afuera aunque para ellos siga siendo despectivo y nosotros lo hayamos adoptado como gentilicio de nuestra ciudad. En el año en que nací si alguien hubiese dicho que el hospital en que me dio a luz mi madre, veintiún meses después, quedaría hecho escombros nadie lo hubiese creído y a pesar de ello hoy día sobre lo que en septiembre de 1985 fueron ruinas hoy se levanta el Centro Médico Nacional Siglo XXI. Las catástrofes naturales no son lo común en mi ciudad, la Ciudad de México, sin embargo a partir de ese acontecimiento hoy hacemos simulacros en caso de que a una mariposa mal ubicada al otro lado del planeta se le ocurra aletear más fuerte de lo aceptado y terminemos viviendo debajo de la tierra una vez más.

En aquél entonces mis padres, aún no pensaban en la separación y mucho menos en el divorcio que años después tendrían que enfrentar y que marcaría la vida de mi hermano y la mía, no sé si para bien o para mal pues no conozco otra aunque he de aceptar que en mi caso ha resultado una vida llena de alegrías condimentadas con sus ratos de amargura, necesarios para no olvidar los primeros. De mi infancia no hay mucho que comentar, fui un niño feliz aunque he de confesar que tuve que madurar a pasos acelerados después de la separación ya mencionada de mis padres. Ocurrió a mis siete años de edad, al menos hasta esa edad lo recuerdo, y en ese momento me convertí en apoyo y confidente de mi madre y ejemplo de mi hermano menor. ¡Ah mi hermano! Tan solo tres años menor que yo, Dany, aunque si alguien lo encuentra llámenle Mario pues el mote de niño pequeño no es su preferido, es la persona a quien más quiero en la vida; dicen mis padres que no hay lazo más especial y fuerte que el que tienen los hermanos, supongo que la cantidad de experiencias, complicidades, pleitos, reconciliaciones y similitudes que hay en una fraternidad son las que la hacen especial sobre cualquier otra.

De lo demás de mi infancia no recuerdo mucho aunque he sabido conservar amigos, hermanos, desde mi paso por la escuela primaria que se encargan de recordarme como fueron esos años, los juegos, las pláticas, los momentos que nos hicieron crecer juntos y que nos llevaron a mantenernos unidos durante tanto tiempo. Veinte años después seguimos riendo y llorando juntos, si eso no es amistad entonces no sé qué lo sea.

Fue hasta mis dieciocho años que recuerdo haber despertado del sueño que es la adolescencia. A esa edad me di cuenta de lo que quería hacer de mi vida y decidí entrar a la escuela de Medicina. Recuerdo el primer día de clases vestido de blanco con esa bata que, para mi, significaba pureza de espíritu y compromiso con la empresa que estaba iniciando, el único color que vestía era el naranja de mi corbata. Ese día a las 6 de la mañana salí de casa con la bendición de mi madre hacia una aventura que hoy en día continúa emocionándome, sin saber todo lo que dejaría atrás inicié mi formación como Médico. No puedo decir que han sido sacrificios, eso conlleva la idea de que ha sido algo que no he disfrutado, más que eso ha sido un camino iluminado por la luz de conseguir el bienestar de quien es mi paciente en ese momento, difícil en ocasiones, ridículo sería decir que no, pero me las he ingeniado para que la mayor parte sea vivir en el disfrute de mi profesión. Casi diez años después no me arrepiento de mi decisión ni de los caminos que he tomado y confieso que lo volvería a hacer de la misma manera pues si he llegado hasta éste punto de mi vida es por como me he conducido y por la forma en la que he esculpido mi persona usando los más diversos materiales que he encontrado a mi paso, desde el mármol con todos sus lujos hasta el barro que encuentro en la más común de la charcas, así soy yo y así me veo: ecléctico y deliberadamente único en mi ser.

Mi gusto por la palabra escrita no es algo nuevo, al igual que yo ha sido moldeado con finas manos de artesano, el primero fue mi padre con quien por mucho tiempo el tema de conversación era la obra literaria que tuviésemos en las manos en ese momento, después mi círculo de amistades, que más inclinados por las artes decidieron dejar la medicina y avocarse a la creación y el estudio de las mismas. Al momento no considero que he leído mucho, y por supuesto ha sido menos de lo que me gustaría llamar suficiente.

En el amor he conocido la dicha de ser correspondido, aunque mis momentos de mayor lucidez han sido marcados por el sinsabor de la desdicha, ese veneno que corroe por dentro y que nos hace sentir morir por no ser amado en la misma medida. Hoy soy desafortunado porque siendo feliz y estando amado en misma medida no puedo escribir de los infortunios que competen a la vida del desamor. Hoy soy afortunado porque me ha encontrado quien llena esa misma medida.

Sigo en éste camino que me he trazado para descubrir quién soy y con la misma emoción de años atrás inicio un trecho por el que estoy a punto de caminar. Estoy aquí viviendo el ahora con la vista frente a un objetivo que está a punto de escribirse tal cual escribo éstas palabras. No puedo terminar una autobiografía de algo que continúa, de alguien que sigue viviendo, respirando y cambiando a cada segundo, aunque si me preguntan diría que estoy aquí porque la letra escrita me ha llevado a conocer lugares inimaginables y con sus formas y estilos he aprendido a pensar de muy variadas maneras. Si alguien se interesara en mi historia lo invitaría a seguirla conmigo, no solo a ser lector o espectador sino a modificarla para volverse parte de mi mismo, a escribir un capítulo de  mi propia existencia. Lo invitaría a enterarse de que escribo cuando estoy triste y leo cuando estoy feliz, que cuando escucho música bailo como si nadie me observara y que dentro de mi cabeza vivo en un monólogo constante que dicta mis acciones y valora las opciones. Eso haría si tuviese que describir mi propia vida pero hoy me dedico a lo que mejor se hacer: ¡Vivir!

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